“Jota Erre” de William Gaddis

2013-11-14 21.12.04Parto de las siguientes bases como conocimiento de partida:

-Consideraciones sobre el autor y su obra en este artículo, que realicé a propósito de la lectura de “Gótico Carpintero”.

-Definición del mito de la Gran novela americana en este otro donde tomé como ejemplos a Franzen y Scott Fitzgerald para establecer los fundamentos del gran mito.

“Jota Erre” fue la segunda novela escrita por William Gaddis, veinte años después de “Los reconocimientos” (1975) y anterior a la ya mencionada “Gótico Carpintero” (1985); lo que llama la atención al acabar esta mastodóntica novela es, sobre todo, la ambición del escritor, mientras “Gótico…” iba a lo “micro” para explicar un escenario “macro” con pocos personajes; aquí, en “Jota erre”, partimos de lo “macro” el escenario inmenso de la sociedad norteamericana y el capitalismo enfermizo  para explicar lo que ocurre en las vidas de los más de cien personajes que van apareciendo.

El personaje principal es Jota Erre Vansant, un niño de once años que entiende perfectamente cómo se maneja la sociedad y que, mediante su inteligencia, articulará los medios necesarios para hacerse poderoso en una empresa prácticamente ficticia. De él no sabemos prácticamente nada en un principio; todo lo que sabemos viene porque es uno de los protagonistas de “El oro del Rhin” wagneriano, Alberich, y la descripción de su persona la tenemos en boca de otros personajes:

“-¡Vale!, el enano, vamos, ¿quién es Alberich, el enano?.

-Se supone que es el chico ese, Jota Erre –dijo Odín, acercándose sigilosamente, limpiándose las manos en una cola de zorro-. Solo lo hace para librarse de la gimnasia el enanito ese de todas maneras. Todavía no tiene el disfraz ni siquiera.

[…]

-Estoy resfriado, por eso tengo los ojos así –dijo Odín con una mirada legañosa que envió a Bast a recorrer el pasillo y a salir del auditorio de color pastel; buscó tras todas las puertas hasta que llegó a la última: allí, en una silla giratoria, estaba sentado un chico, de espaldas a la puerta; su triste jersey de rombos negros sobre un fondo gris se inclinaba sobre el escritorio, y una mano con un cabo de lápiz se levantaba por encima de un hombro delgado para rascarse donde le surgía el pelo, junto a una vasta etiqueta cerca de la nuca.”

“-Ah, sí, es verdad, me ha parecido que no se baña muy a menudo pero, no, tiene algo, tiene algo distinto, cuando le hablo no me mira pero no es como si, no parece que estuviera ocultando algo. Da la impresión de que estuviera intentando entender lo que le digo, incorporarlo en un mundo completamente distinto del que no sabemos nada, es un chiquillo tan ansioso, pero tiene algo como desolado, como un hambre…”

Conocemos al verdadero eje de la trama por la narración de otro; se convierte en una figura en la oscuridad que sabemos que es el protagonista pero de la que se nos dan los datos a cuentagotas; no es casual que haga de Alberich en la obra de Wagner; en esa obra, el enano es el epítome del egoísmo, un enano pequeño y negrísimo, un ser repulsivo y perverso, desgraciado y de frío corazón que robó el oro del Rin y esclavizó con él a sus hermanos Nibelungos; en efecto, es el paradigma del capitalismo más exacerbado, Gaddis hila cada nexo, no hay elementos al azar. Solo hay que ver, según avanza la obra, en lo que se va convirtiendo nuestro Jota Erre capaz de manejar los hilos de la empresa desde un teléfono en el que se pondrá pañuelos para deformar su voz y que no reconozcan que es un niño en realidad:

 “-¡Vale, y qué quieres que haga! –dio una patada a un montón de hojas que había delante de él, se detuvo ahí para cambiar de brazo su carga-, o sea, ¿qué me dedique a vender esas muestras cosméticas gratis, con las cajitas de cerillas esas, los zapatos esos que son enormes?, ¿o, o sea, la cosa esa que tengo en casa de una emocionante carrera trabajando en un motel o las importaciones y exportaciones en la intimidad de tu propia casa? O sea, los ratos divertidos esos, mi madre siempre está trabajando, cómo sé yo cuándo va a volver, o sea, es como lo de los bonos y las acciones esas, no ves a nadie, no conoces a nadie, solo por correo y por teléfono, porque así es como lo hacen, nadie tiene que ver a nadie, puedes tener una pinta rarísima y vivir en un retrete, ellos qué saben, o sea, es como los tipos esos de la bolsa de valores donde se venden acciones unos a otros. No les importa una mierda de quién son, solo venden y comprar para una voz que se lo dice por teléfono, por qué les va a importar una mierda si tienes ciento cincuenta años, lo único que les..”

Gaddis satiriza hasta el extremo la creación de una empresa, y por extensión el capitalismo, poniendo la figura de un niño de apenas once años a controlar y crearla dándonos dos lecturas, a cual más terrorífica: por un lado que hasta un niño puede martirizar, gracias al capitalismo, a sus congéneres; por el otro, el capitalismo se convierte entonces en una infantilización de nuestras vidas que dejan de cobrar sentido. Esta satirización extrema de la sociedad empezará a verse en el gran escenario originado, solo tenemos que ver cómo se puede empezar una guerra si interesa lo que hay allí:

“-Box, el general Box, es un directivo de la compañía, lo nombraron porque todavía tiene algunos contactos bastante miserables en el Pentágono y es perfecto para enviarlo como punta de lanza a algún país miserable donde hemos comenzado una guerra civil para que se independice la única provincia donde está la riqueza mineral de todo el país, joder, he tenido que volar cinco mil kilómetros para prepararle un discurso y dárselo bien mascado para que no diga Platón rima con camión, joder.”

O cómo todo al final se rige por la ley del peloteo, se paga a la gente para hacer quedar bien a otros:

“-Comandante, por última vez, cállese y escuche, lo  único que tenemos que proteger aquí es un sistema organizado para fomentar la conducta más miserable posible de la naturaleza humana y hacer que quede bien. A Dan se le pagaba para que hiciera quedar bien a Whiteback, no ha podido hacerlo y ha quedado fuera. A Whiteback se le ha estado pagando para hacerme quedar bien a mí, no lo ha hecho y también ha quedado fuera, comandante, y en eso consiste Estados Unidos en realidad, pero si usted cree que yo voy a intentar que usted quede bien, ahí, cagando balas en su refugio con su sistema de gestión de residuos, cuando suban al monte buscándolo…”

Es escalofriante darse cuenta de que, en realidad, sin hacer nada ilegal, se puede conseguir lo que se quiera a costa del resto, el caso es encontrar la ley que pueda justificar las trampas realizadas a nivel económico:

 “Las leyes son las leyes, por qué vamos a querer hacer nada ilegal si hay leyes que nos dejan hacerlo de todas maneras, como vender los telares esos en el programa de ayuda estadounidense a Sudamérica y que el dinero estadounidense vuelva aquí, o sea, ¿nos hemos inventado nosotros la exención de impuestos que se consigue con eso? O sea, si ponemos cien mil, o sea, un millón de dólares en la exploración esa, la perforación, ¿nos hemos inventado nosotros que podemos deducirnos el ochenta por ciento por los costes intangibles de perforación esos? Si encontramos petróleo, gas o algo, ¿se supone que tenemos que dejarlo ahí si nos dan el veintidós por ciento por agotamiento de recursos para que nos pongamos en marcha y lo agotemos? O sea, estas son las leyes estas y usted tiene que encontrar exactamente la letra, y eso es lo que hacemos.”

WGdworkin1Este desolador panorama, durante tantas páginas podría resultar deprimente, pero, sin embargo, no es así, Gaddis impregna su prosa con buen humor, un humor que tiene dos vertientes, por otro lado, el más negro:

 “-Tom aquí hay un niño que vende tarjetas de felicitación, en qué curso estás.

-Sexto eme, la señora Manzinel…

-Tom aquí un niño buscándose la vida en sexto eme, vende tarjetas de felicitación. Qué felicitación.

-Bueno, sabe, hay tarjetas para todas las ocasiones, o sea, para todas las ocasiones, son para todas…

-Tarjetas para todas las ocasiones, Tom, tiene para todas las ocasiones.

-O sea, cumpleaños, aniversarios, sabe, todas las ocasiones, o sea…

-Tengo un amigo se ha tirado por la ventana, ¿tienes una tarjeta para eso?

-Bueno, vaya, me, a lo mejor se recupera…

-No puede recuperarse, se fue a casa y se ahorcó, ¿tienes una tarjeta para eso?

-Bueno,  vaya, me parece que no, pero a lo mejor usted podría…

-Tengo una mujer, le paso la pensión alimenticia, se acuesta con un vendedor de libros, una ocasión de la hostia, ¿tienes una tarjeta para eso? 

-Bueno, vaya me, o sea, aquí tengo simpatía, a lo mejor usted podría…”

Por el otro lado, el humor más caótico y acorde con el estilo del grandísimo Gaddis, con una habitación que recuerda al camarote de los hermanos Marx y que se convierte en una enumeración de productos según los protagonistas se van tropezando con ellos:

 “-¡No ponen la sinfonía entera, ni siquiera ponen el scherzo entero, joder, cabrones…! –Guía Musical de 1911 cayó hacia un lado, él se retorció, golpeó, dio una patada a 24 paquetes de 10 pastillas, lo empujó con fuerza con una rodilla, con la otra empujó con fuerza 48 latas de salsa de ternera Primera Calidad y se hundió aún más, lo intentó con un hombro contra el abrupto descenso de 2 docenas 57 El kétchup más vendido del mundo, se afanó, sacó una mano-, ¡uuf! –Especializado Extra se le rompió contra una costilla-, ¡cabrones..!”

No puedo acabar esta reseña sin hablar del estilo, del inconfundible, retador y desafiante estilo del norteamericano; sirva como explicación el artículo del que hablé al principio, en esta obra lo llevó hasta la perfección: diálogos interminables en forma de monólogo interior en los que no vemos toda la conversación que se está desarrollando, nos la tenemos que figurar; cada diálogo realiza la transición de una manera sublime al siguiente personaje, y nunca se nos informa de quién está hablando, consiguiendo el inconfundible efecto de que estamos viviendo ese caos, el caos que Gaddis entendía que era la sociedad en la que vivía y que satirizaba sin piedad, si somos conscientes de que hay más de cien personajes, no voy a engañaros, cuesta ir diferenciando a  cada uno de ellos, aunque según pasan las hojas aprendes a darte cuenta, Gaddis te educa en la excelencia; cuántas elipsis, cuánta sutileza al desarrollar cada paso de una escena a otra; son esos hilos invisibles que tan bien utilizaba Virginia Woolf en “Mrs Dalloway” al realizar los cambios de escena, os dejo con uno de esos innumerables momentos:

 “-¿Ves, Donny? Papi no está enfadado, solo quería recuperar su centavo… -Por la previsible reconvención que escuchó todo el rato, hasta el final, antes de bajar los ojos y apartarlos de aquel hostil espectáculo del crecimiento para volver a marcar, y alzarlos de nuevo hacia su esposa, ahí fuera, que refregaba su sari con agua de la manguera del jardín agachada como una lavandera gangética; la mirada vacía fija en el privilegio remotamente masculino de la caza, mientras prosperaba, aquí, junto a unos recargados herrajes hechos de aluminio para que parecieran nuevos, y nuevas extensiones de postes y vía tratados para que parecieran viejos, con la forma de Bast, próximo a un galope detrás de una presa que trotaba despreocupada, más segura, a cada paso, bajo la protectora monotonía del negro estampado sobre el gris, desgastado, enredado, sin pelar ni cuidar los detalles, a medida que los intervalos entre los arrayanes que se mantenían a una podada distancia de las mimosas, muy alerta a Seguros, Pedicuro. En venta magnífica mansión, Dios responde a nuestras plegarias, dejaban paso a profundidades de acacias atrofiadas hacía largo tiempo por las luchas intestinas que ahora forcejeaban con la madreselva, y la propia acera al fin desaparecía debajo de la hierba, en el emplazamiento designado por la gracia de Dios para un edificio para el culto, por parte de la gente de la Iglesia Baptista Primitiva, en un cartel a punto de ser reclamado por la maleza:

-¡Para!

-¿Qué?

-¡He dicho que espere un momento…!

-No, usted ha dicho…”

Abrumador el manejo de la prosa.

Y ahora enlazo con el segundo artículo, en efecto, esta novela es un prototipo incluido en el mito de la Gran novela americana porque refleja, sin lugar a dudas, el estado de una sociedad como la norteamericana en un momento concreto; poco importa que lo que refleje sea precisamente la destrucción del sueño americano, ahí está precisamente el reflejo del fin de una sociedad como la capitalista, ya hace unos cuantos años.

Para acabar con este maestro, no hay que dejar de mencionar su predilección por la música, solo tenemos que ver el siguiente párrafo, pero está omnipresente a lo largo del libro:

“-¡No, es eso! Eso es lo que estoy tratando de, escucha, lo único que quiero que hagas es que te olvides un momento de las deducciones esas de cinco centavos de los activos netos tangibles esos y escuches una obra de un músico extraordinario, es una cantata de Bach, joder, Jota Erre,  ¿no entiendes que lo que estoy tratando de, de mostrarte es que existen otras cosas que son, que son activos intangibles?, lo que traté decirte la noche esa del cielo, ¿te acuerdas?, ¿cuándo volvíamos del ensayo ese, la sensación esa de, de maravilla absoluta de El oro del Rihn, te acuerdas?

-Bueno, me, claro, o sea, todavía lo estamos haciendo, la señora di…

-Que puede elevarte por encima de ti mismo, hacerte sentir cosas que, ¿entiendes algo de lo que te estoy diciendo?

[…]

-¡No tiene por qué ser así, eso es lo que te estoy diciendo! La música es una, no es solo efectos sonoros, hay cosas que solo la música puede decir, cosas que no pueden escribirse ni colgarse de un tendedero, cosas que…”

La música te eleva como persona y se convierte en la respuesta humanizadora ante la deshumanización de una sociedad como la nuestra; lo aparentemente inútil, como la música y, desde luego, la literatura, se convierten en la única forma de seguir siendo personas.

Imprescindible obra maestra nuevamente traída de la mano de la editorial Sexto Piso, el año que viene, “Los reconocimientos”, ya cuento los días.

Los textos provienen de la traducción del inglés de Mariano Peyrou para esta edición de “Jota Erre” de William Gaddis por la editorial Sexto piso.