Muti y el dominio de la excelencia “Donizettiana”

Nos encontrábamos ante la segunda de las cuatro funciones que va a dirigir el director italiano Riccardo Muti en su paso por Madrid y en este caso, con un cambio de programa, ya que inicialmente estaba previsto el estreno de “La rappresaglia” de Mercadante. El cambio viró hacia uno de los títulos en los que Muti, desde sus principios, es un consumado especialista, el gran “Don Pasquale” del siempre infravalorado Gaetano Donizetti.

Y digo infravalorado porque, normalmente, se tiende a desprestigiar entre el público de los teatros de ópera, aquellas obras que no acaban en una tragedia, quizá por el hecho de que es más sencillo percibir la “grandeza” en el drama que en la comedia. Y es una pena porque Donizetti tiene mucho de comedia, pero también de drama. El propio Muti en una entrevista en Madrid en estos días resaltaba que, precisamente, la dificultad en la interpretación del genio italiano estaba en el equilibrio que había que conseguir entre los momentos bufos y los dramáticos.

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Esto se vio en la función de ayer, Muti no es un espectáculo en el foso como otros directores más dados a los gestos de cara a la galería, la mayoría de las veces ajenos a la dirección. Muti transmite tranquilidad, seguridad en sí mismo y sobre todo una economía de gestos totalmente controlados, puntillosos, prácticamente programados en todos los aspectos, dirigiendo cuando toca la orquesta, el coro o los cantantes; especialmente interesante es ver cómo cortaba las salidas del coro con una precisión inigualable. Muti es un estudioso, un intelectual, estudia cada partitura a fondo y el trabajo que hace con la orquesta antes de cada concierto e interpretación tiene que ser exhaustivo. Y el resultado está ahí, en la visión de su partitura de ayer, espléndida, detallada; una orquesta hecha a su medida y que seguía sin dudar su dirección dotada de una claridad meridiana y un equilibrio excelente con los cantantes y el coro. Todo un acontecimiento ver a este mago a la batuta. Sacó todo lo que se podía sacar a una música magnífica.

El montaje de Andrea de Rosa era uno ya utilizado y que venía del Festival de Ravenna; sencillo, pero efectivo, no creo que se necesitara más. Constaba de un escenario central donde se desarrollaba la mayoría de la acción como en una obra de teatro, alrededor de él el resto de actores se movían anticipando los momentos que viviríamos en escena como si estuviéramos en el backstage de una obra obra de teatro. La simplicidad de la propuesta resultaba dinámica sin llegar a minimalista y, sinceramente, casi se agradece en estos momentos después de lo que vivimos con “Don Giovanni”. No era sobresaliente pero bastaba para lo que estábamos viendo.

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No esperaba demasiado de los cantantes y sin embargo me llevé una muy buena sorpresa. Me imagino que el propio Muti habrá tenido que ver mucho en la elección de los mismos. Nicola Alaimo como Don Pasquale y Alessandro Luongo como el Doctor Malatesta eran dos de esos ejemplos paradigmáticos de bajo cantante, este tipo de bajo al que se le exige una gran capacidad de actuación y, más que un registro amplio, una capacidad proverbial para recitar textos cantados a una velocidad endiablada (de esto Rossini y Donizetti tienen unos cuantos papeles de bastante dificultad); teniendo en cuenta estas características los dos estuvieron realmente graciosos en su interpretación de los dos personajes y demostraron que dominan sus papeles, a pesar de no tener voces especialmente extensas; especialmente hermoso resulta el timbre de Alaimo. Dmitry Korchak como Ernesto resultó bastante adecuado para el papel, tenor lírico-ligero dotado de un buen canto legato y que le ayudaba a cantar sin dificultad las coloraturas exigidas; si bien tuvo alguna dificultad en el registro agudo calando alguna nota, también es cierto que improvisó un Do de pecho en su romanza que, sinceramente, no me esperaba; su voz no es bella, quizá por la falta de claridad en sus agudos pero resultó  muy adecuado. Y la gran triunfadora de la noche a nivel vocal fue la Norina de Eleonora Buratto, pizpireta y tremendamente chisposa durante toda la actuación deleitó a los asistentes con una galería de coloraturas y notas agudas dignas de mención; a pesar de las dificultades, solventó cada pasaje con soltura, un torrente vocal en una voz, además, ciertamente bella, arrancó en todo momento los jaleos rendidos del público. El coro titular, como nos acostumbra siempre, estuvo rotundo en sus pasajes corales.

Definitivamente, Muti supo insuflar de magia a una partitura mágica de por sí y se vio un espectáculo que colmó las expectativas del público, entre el que se encontraba nuestra reina en esta ocasión y que me imagino disfrutó como el resto de la representación.