Goyescas/Gianni Schicchi y Plácido Domingo: la pasión inagotable de una leyenda

Publicado originalmente en este post en Opera World.

Se supone que yo tendría que empezar hablar del atípico programa doble que se nos ofreció ayer en el Teatro Real; sin embargo, todo queda ensombrecido cuando el verdadero protagonista de la noche, por méritos propios, fue de nuevo Plácido Domingo en el interludio de dichas obras. Plácido Domingo, la pasión inagotable de una leyenda.

Hubo un tiempo en que creía que nuestro Plácido sería inmortal, su voz, sobrehumana, tiene una resistencia inigualable que le ha ayudado, a lo largo de dilatada historia, a cantar todo tipo de papeles, incluso aquellos que, a priori, no se adaptaban a sus características innatas. Si unimos esa voz a su capacidad de actuar, de meterse en cada papel que interpreta como si no hubiera un mañana; esa mezcla explosiva nos ha dado muchas interpretaciones inolvidables que le han convertido en una leyenda de la lírica, tanto a nivel nacional como, desde luego, internacional. Su gran generosidad le llevó a programar este pequeño concierto extraordinario debido a su renuncia a interpretar Gianni Schicchi por la reciente pérdida. Qué menos que hacer esto por su público, por la gente que tanto le quiere. Durante sus tres intervenciones programadas: Chénier y Verdi con el plato fuerte final del dúo de Germont de La Traviata se le vio luchando, perdiendo a veces el resuello para volver a darlo todo, falible, pero, precisamente en ese crepúsculo es cuando se nos hace consciente su entrega, el gran artista que es, la pasión con mayúsculas que destila en cada nota que sale por su garganta. Eso es sencillamente indescriptible, escucharle fue un gozo cargado de emoción, una sensación de estar viviendo la magia de hacer música, de la lírica en su máximo esplendor. Imposible resistirse ante tanto como te da nuestro querido Plácido, un servidor no pudo evitar que le cayeran las lágrimas de verdadera felicidad, de sentir que estás viviendo un momento único, imborrable. De esos que se quedan grabadoos para siempre. El público se rindió sin reparos ante su magnífica actuación e incluso nos deleitó con un bis, pleno de generosidad como siempre, con “Por el amor de una mujer que adoro” de Luisa Fernanda. Era el descanso, podría haberme ido perfectamente, todo estaba cumplido, difícilmente lo de antes y lo de después podría ser mejor.

Estrambótico y esperpéntico son los dos adjetivos aliterados que se me ocurren para calificar el programa de ayer. Una mezcla de Goyescas con Gianni Schicchi con la primera, además, en versión de concierto, constituye tal despropósito que no acaba uno de entender quién programa algo así y se queda tan ancho. Goyescas se acercó más a un “bolo” (los he visto bastante mejores) en su sentido más peyorativo, la versión de concierto perjudica especialmente esta obra, todo queda desdibujado desde un principio. María Bayo estuvo especialmente desafortunada, no entiendo lo que le ha pasado a su voz, bajos prácticamente inexistentes, inaudibles, notas agudas mal colocadas y que desentonaban, solo cuando se movía por las mezza voce se sentía un poco más cómoda dentro de una absoluta incomodidad; Andeka Gorrotxategi brilló por su inexistente química con Bayo, su voz, escasa, con agudos forzados y encima un timbre no demasiado agradable. Razonables estuvieron Ana Ibarra y César San Martin en sus papeles, que no es poco viendo las circunstancias. Tampoco hizo demasiado Guillermo García Calvo desde el foso para solucionarlo, le faltó dotar de equilibrio a la orquesta, sobre todo viendo los problemas (audibles) de los solistas, se les oía menos aún; tampoco acertó en el manejo de algunos tiempos, aunque regaló alguna página bella sobre todo al final donde sí consiguió el empaste con la destemplada intérprete. Hasta al coro, normalmente impoluto en su canto, le podría poner el “pero” de la dicción, no deja de ser curioso que entendamos peor el libretto en español que en otros idiomas, menos mal que pusieron los subtítulos.

Comparado con lo anterior, cualquier cosa que viniera con Gianni Schicchi sería mejor; en efecto, ocurrió de esta manera; el montaje escénico de Woody Allen lo podría haber montado cualquier otro, he visto producciones con menos bombo y que funcionan de la misma manera; de hecho teníamos la típica escena en una habitación con más o menos decorado; lo más novedoso fue el comienzo, con una pantalla de cine, llevándolo a su terreno y currándose un poco los nombres de los protagonistas; aun así, me parece más anecdótico que otra cosa. Carella estuvo bien, sin demasiados alardes pero subrayando los momentos cómicos y entendiendo adecuadamente la música de Puccini, la orquesta venía de los momentos con Plácido y sonó mejor, sin los desajustes iniciales. No voy a hablar de todos los intérpretes que tienen papeles pequeños en esta pequeña obra de múltiples cantantes, pero sí comentaré lo más destacable (tanto en lo bueno como en lo malo); Lucio Gallo como Schicchi sobresalió más por sus capacidades actorales que por su voz, más bien ruda, poco atractiva, demasiado tosca; estupenda Maite Alberola toda la noche tanto en su gran momento con Plácido componiendo una plausible Violetta como en su aria triunfal “O mio babbino caro” (de hecho, arrancó los aplausos del público), su voz de lírica llega con solvencia al agudo y es muy bella en dicho registro y el registro medio suena juvenil y adecuado para este papel; sin embargo el Rinuccio de Albert Casals es queda en un gran insuficiente, escasísima voz la del tenor para pintar esta pequeña joyita, sus agudos están estrangulados, sin proyección prácticamente, no tiene cuerpo para los medios, el papel le viene muy grande; destacable Praticó que además interpretó el “Sia gualunque delle figlie” de la Cenerentola en el concierto con mucha gracia, un verdadero barítono cantante, muy bufo; bastante bien Luis Cansino en su aria de Falstaff y como Marco, todo un actor, no exento de voz; interesantes los papeles femeninos de Zilio, Bayón y María José Suárez así como la cortita (pero grata) intervención de Francisco Crespo. Un resultado razonable que, por lo menos, divirtió al público.

Un público que pasó de la frialdad inicial al mayor calor, al calor pasional del grandísimo, de nuestro grandísimo Plácido Domingo, el gran triunfador de una noche para el recuerdo.

Las fotos son de Javier Del Real

La Traviata en el Teatro Real: una Violetta para recordar

Artículo publicado originalmente en Ópera World en este enlace.

La Traviata en el Teatro Real: una Violetta para recordar

Posiblemente no hay ópera más conocida que esta, La Traviata representa el paradigma de la ópera popular debido a que la historia es bien conocida y, además, la música que compuso Verdi es brillante por su concepción teatral. Un prodigio. De ahí que, cada vez que se represente, se la mire con lupa, sobre todo desde el punto de vista escénico.

En este caso la escena de La Traviata en el Teatro Real venía avalada por David McVicar que ya había presentado además este montaje en el Liceo; tal y como entiende el director escénico la ópera todo es sombrío y lúgubre para empezar, renuncia a una posible evolución, a esos contrastes que, sin embargo, están presentes en la sublime música de Verdi, en aras de realzar el componente dramático, dando, si cabe, más oscuridad a la tragedia por anticipación; de ahí que no haya más que inmensos telones negros que reducen la escena a un pequeño hábitat que llama la atención por ser claustrofóbico, por encerrar en tan poco espacio a unos cantantes que afrontan de maneras distintas esta situación y de los que hablaré después; una vez sabido esto, hay que reconocer que la propuesta es ciertamente conservadora, sencilla, continuista, y cómoda de cara a un público que ya lidió con la vanguardia (o intento de ella) en la de Sotelo que se programó con anterioridad. Desde este punto de vista, es una pequeña reconciliación, un guiño que, a pesar de lo comento, funcionará para la mayoría de los asistentes.

Y La Traviata en el Teatro Real funciona especialmente por la adecuación y consistencia de Renato Palumbo a esta propuesta, el italiano escoge la vía que le ofrece McVicar e interpreta la música de una manera intimista, contenida, y buscando sonoros estallidos donde aprovecha toda la capacidad orquestal (poniendo en peligro las voces con menor proyección que sufren para cantar y ser escuchados con esta densidad); a pesar de ello, el conjunto no se resiente, es una lectura ágil (y) que consigue momentos ciertamente logrados, sobre todo, en el exquisito dúo de Germont y Violetta del segundo acto y en el patético final con la muerte de la protagonista. Se le podría poner algún pero a los números de coro intermedios donde hay algún desajuste en los tiempos, y alguna elección caprichosa del tempo, por ejemplo en los contrastes de Violetta con la partida de cartas; aun así, no me disgusta la visión de Palumbo.

La Traviata en el Teatro Real: una Violetta para recordar

Para tener una buena Traviata, es indispensable que el trío protagonista sea de entidad; la soprano albanesa Ermonela Jaho dibujó una Violetta atormentada desde el principio, adaptándose a la perfección a lo indicado por McVicar, no hay amor efervescente y juvenil en su “Follie, Follie…Sempre Libera” sino determinación y reafirmación como mujer, es un grito de libertad que ruge como un estampido incontrolable; pero su actuación no es inmovilista, muy al contrario, existe una evolución que roza la excelencia por su capacidad de reflejar la personalidad de Violetta, desde la frustración y el sacrificio contra su voluntad ,del segundo acto, hasta el camino inexorable a la muerte en el acto final. Este último es una interpretación de las más desgarradoras que recuerdo, con estertores de tal calibre que nos hacían sufrir a todos los que estábamos presenciándolo; totalmente unidos e integrados a su forma de cantar. Me puedo creer perfectamente a Jaho, irradiaba tanto dolor que es imposible no llegar a empatizar con ella; y su instrumento, sin embargo, no era para echar cohetes, de poca extensión en los agudos, un poco estrangulados y, encima con mucha suciedad; de hecho, sorprende que se atreviera con el Mi bemol sobreagudo que ejecutó a pesar de las dificultades; evidentemente, con la evolución de la vocalidad en los siguiente actos, se adaptaba mejor a lo que cantaba y tuvo momentos sublimes como el “Dite alla giovine…” susurrado, exquisito en ejecución y sensibilidad y todo el dúo con Germont y el final, simplemente sobrecogedor. Una excepcional Violetta, sin lugar a dudas, la gran triunfadora.

Francesco Demuro en el papel de Alfredo fue el gran perjudicado por la situación comentada, no me desagrada su timbre de tenor lírico y dibujó una buena línea de canto en “De miei bollenti spiriti”, pero su volumen se resintió con los arranques orquestales siendo tapado sin clemencia en no pocas ocasiones, acometió el Do de pecho en la cabaletta “O mio rimorso” con valentía, pero en el registro más agudo no suena firme, se le descolocó y fue poco brillante, de hecho, en varias ocasiones se le cambió de manera perceptible la voz en el cambio de registro resultando (en)sonidos extraños, alejados del más consistente registro a media voz donde estaba más cómodo (supongo que fue debido a buscar volumen y la proyección no fue lo más adecuada); tiene hechuras, falta madurez todavía. Sobreactuó ligeramente en su disposición teatral, sobre todo en comparación con Jaho.

Desbordante el Giorgio Germont de Juan Jesús Rodríguez, está en plenitud vocal y se nota por la potencia en todas sus notas, un barítono lírico al que no le falta nada y que fue la contraposición musical perfecta por timbre y rotundidad a Violetta; hizo un “Di Provenza il mar..” de fábula, lidiando incluso con una pequeña carraspera en medio ,que consiguió tapar para acabarlo de manera brillante. Su segundo acto fue generoso en musicalidad y con gran compenetración desde el “Pura siccome un angelo”; pudo, de sobra, con la orquesta, incluso en las explosiones mencionadas y solamente habría que ponerle en el “debe” una cierta apertura de las notas agudas en algunos momentos que deslucían y desentonaban la melodía; si bien es cierto que no ocurrió con demasiada frecuencia.

En cuanto a los secundarios de La Traviata en el Teatro Real, correctos en sus papeles, podría hacer una pequeña mención a la buena Flora de Marifé Nogales, o las buenas prestaciones de César San Martín y Fernando Radó en sus Douphol y Grenvil respectivamente. El coro rozó a buen nivel en los conocidos números, siempre es un gusto escucharlos por su seguridad, fortaleza y musicalidad.

Muchos aplausos y ovaciones a una función que recupera al público que quiere ver grandes títulos en un teatro como el madrileño. Una buena propuesta con las puntualizaciones mencionadas. Una Violetta para recordar.

Las fotos pertenecen a Javier del Real.

“Tristán e Isolda”: el amor terrenal hacia lo místico

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“… höchste Lust!”, suenan los últimos acordes de este “supremo deleite”, Isolda (en esta ocasión en la piel de Violeta Urmana) . Las lágrimas anegan mis ojos y resbalan poco a poco pero seguras por mis mejillas sin control, me hacen reprimir el gesto; no son dolorosas, son lágrimas de felicidad, de suprema unión con la música de Wagner, otra vez; ¿ocurrirá algún día que no llore cuando escucho “Tristán e Isolda”? Todavía lo estoy esperando, mientras sigo disfrutándola cada vez. Sigo emocionándome hasta el límite con una música inmortal, una obra perfecta por su simbiosis texto-música; una obra eterna que acaba en esa palabra, Lust (deleite), el último grito de una Isolda mística, en un Fa en pianísimo; qué paradójico que uno de los monumentos más grandes a la humanidad acabe con tal sencillez, sin hacer ruido, dejándonos con la música fluyendo, como si nada hubiera pasado, como si todo hubiera sucedido en nuestro interior.

Espectáculo plausible, con sus luces y sus sombras, el que nos trae en esta ocasión el Teatro Real para representar una de las obras maestras de Wagner más conocidas y apreciadas por el  público; de hecho, en las varias ocasiones que la he visto, a pesar de su duración, normalmente de 4 horas, la gente suele disfrutar; no es lo mismo oír a Wagner en un disco que disfrutarlo en vivo, lo cambia todo. “Tristán e Isolda” permite prácticamente todo tipo de montajes; de hecho, los mejores, sin que sirva de precedente, suelen ser minimalistas, porque entroncan directamente con el carácter de la obra. En este caso, Sellars y el videógrafo Bill Viola lo tenían muy claro. Ya comentó Sellars, de hecho,  que su objetivo era que la gente se fijará en el vídeo proyectado por detrás con el montaje de Viola y, en mi opinión, lo consiguió, excepto en ciertos momentos que detallaré ahora. La mayoría del tiempo era una puesta en escena espartana, sin mobiliario, sin trajes, los protagonistas del momento iluminados por los focos. O ni eso, ya que el marinero canta desde un lugar indefinido del teatro nada más empezar la obra, convirtiéndose en la tónica con el resto de personajes. Esto es más que patente en la escena del filtro de amor, el coro canta desde las alturas del paraíso, instrumentos debajo del paraíso, el rey Marke por el pasillo central, se ilumina todo… y, a pesar de buscar espectacularidad e introducir al espectador en la representación, se desvía totalmente la atención, no ya solo del vídeo, sino de la escena crucial del Filtro de amor que está sucediendo en ese momento. Sin embargo en otros casos sí funciona, como en la sobrecogedora escena de los avisos en el dúo de amor con una Brangäne que cantaba desde el paraíso y nos envolvía a todo el teatro con su música sin quitar sentido a la representación. Los vídeos de Viola siguen un hilo conductor muy claro: el paso del amor terrenal hacia un amor más trascendental, prácticamente místico, y sus vídeos van encaminados a ello aunque unas veces funcionen mejor que otras. El primer acto, en especial, en opinión de este crítico, es el menos logrado; no desde su hilo conductor, en el que está perfectamente integrado, sino en la obra, el tipo de imágenes que iban apareciendo conseguían sacarte por momentos de la representación, de la música y eso no debe ocurrir; las grandes obras parecen cohesionadas, aquí por momentos te sentías desubicado con la música a pesar de algunos momentos de gran belleza. En cambio en el segundo acto estaba perfectamente hilada la unión de los amantes y posterior disolución y, encima, las imágenes eran bellísimas: el fuego del amor, el agua de la purificación. Esa imagen de las velas que van encendiéndose según su amor se inflama al límite. Ese ocaso en la traición al Rey Marke. El  acto final continúa en la línea del anterior y enfatiza la disolución de los amantes para llegar a algo superior, por encima de todo, donde se encontrarán. El agua se convierte en la imagen que une su muerte y  en el “Liebestod” la cascada que eleva un cuerpo refleja como nunca lo cantado; qué imagen más inolvidable.

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Tengo que reconocer que no tenía esperanzas en lo que iba a hacer Piollet con esta obra; pero me encanta decir que estaba equivocado, a pesar de mis prejuicios iniciales, entendió bastante bien la obra y consiguió transmitir al público su visión personal; no es un director sutil, y desde luego no es paciente, tiende a entusiasmarse con la música y acelera los clímax de tal forma que no se disfrutan como se deberían; le ocurrió en la escena del Filtro de amor donde, como las decisiones escénicas, no pegaban demasiado con lo que en realidad se debería haber buscado: demasiado efectismo innecesario. Sin embargo, todo el segundo acto estuvo comedido y tuvo unos momentos de gran inspiración, como en los avisos  y durante todo el dúo de amor, el acto final tendría que haberlo leído de otra manera, los cantantes estaban agotados, y habría hecho falta un poco más de contención,  afortunadamente la música fluyó y fue una dirección razonable, sin exquisiteces pero efectiva para transmitir la grandísima música del compositor alemán. Gran momento el del solo del Corno inglés por Álvaro Vega, una verdadera maravilla.

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La Isolda de Violeta Urmana  estuvo bien dibujada desde lo actoral, colérica en ese primer acto de desesperación que la llevaba a desear la muerte, amante pasional en el segundo en sus delicados momentos con Tristán y totalmente transfigurada ante la muerte de su amor en el último; el problema es que la voz, a pesar de cumplir con todos los sobreagudos y luchar con la orquesta con un volumen desmesurado, ya no está en su mejor momento, las notas más agudas sonaron afeadas, por momentos con demasiado vibrato, y en el final, compuso el Liebestod que pudo, cansada, no pudo dar un Fa en piano de una duración  celestial como suele ser habitual, casi se cortó, fue una interpretación adecuada pero lejos de lo que se le puede sacar al grandísimo papel; Robert Dean Smith, en esta época de crisis de voces wagnerarianas y en ausencia de heldentenors, se ha convertido en el que repite una y otra vez este papel a pesar de no serlo, es más un lírico spinto con voz ancha y cierta potencia en las notas medias pero al cubrir las notas su emisión no llega a más de lo que lo hace ahora, digamos que es poco heroico; estuvo muy valiente, sorprendentemente, en el segundo acto, acto que, la mayoría de tenores suelen bajar su rendimiento para brillar en el último; aquí no sucedió (ojo a lo que puede pasar en las siguientes representaciones), lo dio todo, lo que puede dar, y no calculó demasiado bien, en una voz media, casi acabando rompió la voz audiblemente; el tercer acto estuvo demasiado comedido, miedoso y sin confianza; fue aplaudido, sobre todo porque el público es consciente de la dificultad, pero no fue la mejor de sus noches, a pesar de ser tan bravo. Alejandro Marco-Buhrmester tuvo que sustituir a última hora a Jukka Rasilainen (sorprendente que el teatro no pusiera una octavilla o avisara en el teatro, solo se dijo en redes sociales…) hizo lo que pudo, mejor en el primer acto, pero en el último su voz no fluía, como si se hubiera agotado, parecían recitados a gran volumen más que otra cosa. Franz-Josef Selig, en cambio, estuvo excelente en su interpretación del Rey Marke, su tierno patetismo ante la traición de su amigo Tristán fue reflejada con una voz plena, con unos graves bellos, gran potencia y agudos claros aunque un poco abiertos en algún momento, qué interpretación más convincente la del bajo; Ekaterina Gubanova perfiló una buena Brangania, sin aspavientos, con buen fraseo y algún momento hermoso como el ya comentado en el primer aviso especialmente, subyugó con su voz aunque se descompensó ligeramente por cantar desde arriba y querer que se escuchara bien; no es una mezzo de gran tesitura pero lo que tiene lo ejecuta con precisión. El Melot de Suliman no sobresale por nada en especial, es adecuado para el papel y con eso ya es bastante. Lo mismo podemos decir de los condenados a cantar en algún sitio escondido por Sellars; Nigro y César San Martin. Bien el primero en la canción del marinero del principio. El coro por una vez no sobresalió en demasía desde el paraíso.

En conclusión, buena representación que servirá para que mucha gente haya descubierto o redescubierto a Wagner y que, aunque no sea excelsa, se guardará en un rincón de nuestro corazón.